Carta al Psicólogo 4
¿Doctor, usted sabe cómo hay gente que no se detiene a pensar lo qué hace?
Pues yo sufro de lo contrario.
Yo pienso demasiado.
Y no sólo pienso por mí, también pienso por los demás.
Tengo tales ataques de inseguridad social
que proyecto conversaciones completas en mi mente.
Si tengo una reunión, salida con amigos, cita, lo que sea,
estructuro temas de conversación por puntos,
los ordeno según el interés del oyente,
y simulo posibles reacciones.
Ensayo las conversaciones en mi mente...
así reduzco las probabilidades de aburrir o de decir algo imprudente.
¿Enfermizo? ¡Claro!
Pero como todo en mi vida, también tiene una aburrida explicación lógica.
El cambio de primaria a secundaria fue muy difícil para mí.
Siempre fui excesivamente tímido
y sólo pude relacionarme con gente que tenía cerca.
Apenas tuve dos amigos hasta el cambio a secundaria.
Paralelo nuevo,
maestros nuevos,
materias nuevas,
compañeros nuevos.
Mis amigos eran tan proxémicos como yo,
así que fue muy difícil organizar algo con ellos
cuando estuvimos a un curso de distancia.
Doctor, fue como cambiarme a un colegio nuevo.
El ambiente fue hostil.
Algunos compañeros sentían la obligación moral de
censurar, obstruir, criticar,
moletsar, golpear e insultar
a cualquier ser solitario, estudioso, distinto...
y Doctor, yo cumplía todos los requisitos.
Esos primeros meses supe que uno siempre se puede sentir más inseguro.
En la ducha recordaba los insultos.
Primero me deprimía y no salía por horas del baño.
Luego de un tiempo pensaba como responderles.
Al principio sólo los provocaba.
Pero finalmente pude dejarlos callados.
Los meses siguientes mi pánico social se agravaba.
Me era muy difícil sostener una conversación espontánea,
ya que me había acostumbrado demasiado a planificarlo todo.
Incluso muchos años después de haber logrado una amistad
con aquellos chicos que me insultaban.
Armaba un guión, que hasta ahora sigo escribiendo.
Todo este proceso duró unos 4 años.
Hasta que debí cambiar de paralelo pero el daño estaba hecho.
A veces siento que el guión sigue,
pero sólo cambian los personajes.
Que todo lo veo a través de una niebla o una pantalla de televisión.
Artificial, frío, irreal.
Incluso acompañado me siento solo Doctor.
Estoy mal, ayúdeme.
Monday, November 08, 2010
Friday, November 05, 2010
Carta al Psicólogo 3
¿Alguna vez ha tenido ganas de matarse, Doctor? Si me responde que sí, me busco otro loquero. ¡Es broma, es broma! A usted lo escogí porque está tan jodido como yo. Sólo hay que ver ese portarretrato que tiene sobre su escritorio. Ese al que aún no le saca la foto de la familia con la que vino. Pero cálmese, que ahorita el enfermo que habla soy yo. Luego si quiere lo escucho a usted. Vira y cambia le dicen los gays.
Lo que le voy a decir va a sonar a depresión en retroactivo, pero que más da. Siento que debí haber muerto en agosto del 2010. Desde que empezó ese año sólo se ha repetido una historia en mi mente.
Tuve un jefe con más inteligencia en la cabeza y libros en la repisa que yo. Y eso no le bastó para saberse más que una mujer que ambicionaba usarlo. Se ilusionó tanto, Se enamoró tanto. Se mató tanto. Eso último es una exageración, aunque ganas no le faltaron. Su doctor lo confrontó. Otro de esos que, como usted, creía poder solucionarle la vida a alguien con una serie de sesiones. Lo instó a tomarse el suicidio como adulto. ¡Ja! ¡Ese acto infantil con madurez! ¡Paga tus deudas y compra tu nicho le dijo! Y luego vete sin heredarle complicaciones a los que quedan. No lo hizo. Pero escribió y escribió. Lo mismo que ahora hago yo.
Pienso casualmente en él desde que murió una tía abuela política, e insistentemente desde que volvió vencido a Brasil. Cada mes me sentía más ausente en mi matrimonio y en mi vida. Planeaba pagarlo todo hasta julio y luego de eso poder poner a mis anchas el punto final.
Agosto sonaba bien porque había sido el mes más feliz de mi vida los últimos 3 años. ¿Se imagina finalmente ser libre ahí? Pero no pudo ser, porque me robaron las casa y seguido a mi mujer.
Doctor...usted sabe todo el dolor que hubiese esquivado si me hubiese ido en agosto. ¿No se acuerda? Cómo se va a acordar si se duerme a media sesión, no digamos ahora a media carta. En otra oportunidad le hago un resumen ejecutivo.
¿Alguna vez ha tenido ganas de matarse, Doctor? Si me responde que sí, me busco otro loquero. ¡Es broma, es broma! A usted lo escogí porque está tan jodido como yo. Sólo hay que ver ese portarretrato que tiene sobre su escritorio. Ese al que aún no le saca la foto de la familia con la que vino. Pero cálmese, que ahorita el enfermo que habla soy yo. Luego si quiere lo escucho a usted. Vira y cambia le dicen los gays.
Lo que le voy a decir va a sonar a depresión en retroactivo, pero que más da. Siento que debí haber muerto en agosto del 2010. Desde que empezó ese año sólo se ha repetido una historia en mi mente.
Tuve un jefe con más inteligencia en la cabeza y libros en la repisa que yo. Y eso no le bastó para saberse más que una mujer que ambicionaba usarlo. Se ilusionó tanto, Se enamoró tanto. Se mató tanto. Eso último es una exageración, aunque ganas no le faltaron. Su doctor lo confrontó. Otro de esos que, como usted, creía poder solucionarle la vida a alguien con una serie de sesiones. Lo instó a tomarse el suicidio como adulto. ¡Ja! ¡Ese acto infantil con madurez! ¡Paga tus deudas y compra tu nicho le dijo! Y luego vete sin heredarle complicaciones a los que quedan. No lo hizo. Pero escribió y escribió. Lo mismo que ahora hago yo.
Pienso casualmente en él desde que murió una tía abuela política, e insistentemente desde que volvió vencido a Brasil. Cada mes me sentía más ausente en mi matrimonio y en mi vida. Planeaba pagarlo todo hasta julio y luego de eso poder poner a mis anchas el punto final.
Agosto sonaba bien porque había sido el mes más feliz de mi vida los últimos 3 años. ¿Se imagina finalmente ser libre ahí? Pero no pudo ser, porque me robaron las casa y seguido a mi mujer.
Doctor...usted sabe todo el dolor que hubiese esquivado si me hubiese ido en agosto. ¿No se acuerda? Cómo se va a acordar si se duerme a media sesión, no digamos ahora a media carta. En otra oportunidad le hago un resumen ejecutivo.
Carta al Psicólogo 2
Doctor, sufro de acedia. ¿Ud. sabe qué es eso? Soy el causante y la víctima del abandono. Podría hablarle de mi mujer, pero la verdad es que lo mío empieza mucho antes. De hecho sufro un tic nervioso que no me he podido quitar desde aquel primer gran abandono.
Le decíamos Angelita. Fue mi primera niñera y sólo recuerdo de ella lo que he visto en fotos y me ha contado mi abuela. Decía ella que siempre me dormía cogiendo un rizo de Angelita entre mis dedos mientra tomaba la teta. Todas las noches o todas las veces que me dormía. Lloraba cuando me faltaba. Y cuando me faltó definitivamente no dormí durante días. Doctor, este tic nervioso de tomar constantemente mi copete entre mis dedos viene de esa época. Podría decir que aunque mi mente no la recuerda, mi corazón no la olvida. Pero ella no fue ni la primera ni la única en abandonarme.
Mi madre estuvo y no estuvo en los primeros años de mi vida. Se quedó conmigo cuando no le quedó de otra. Me acompañó hasta donde le dió la paciencia. Luego mi abuela llenó sus abismos. ¿Sabía doctor que yo soy muy distinto a mis hermanos? Mis hermanos son igual de sociales, impacientes, y apurados. Yo soy solitario, reflexivo y resentido. ¿Por qué cree que es eso doctor?
No estoy culpando a mi abuela. De hecho la admiro y le agradezco por como me ha formado, Mi manera de ser me ha traído muchas satisfacciones pero también ha multiplicado los abandonos. A mi abuela la abandonó mi abuelo. Y con todo lo que me ha pasado con mi mujer sólo siento que estoy repitiendo su historia.
Todo empezó muy rápido y muy bien con mi mujer. La amistad, la confianza, el amor y el sexo. Luego el teatro se cayó. A mí primero, porque no pude seguirla amando con la misma fuerza al verla dormirse mientras le hablaba, abrazaba y amaba. Me alejé y me encerré en mi arte y mis juegos. Seguí con ella y no le retiré los apoyos más importantes, pero era claro que al amor se le estaba corriendo el maquillaje. Poco después ella también se alejó. Y disculpe Doctor que siga con la cursilería de la metáfora, pero mi mujer se vió obligada a pensar su vida como un escenario sin mí. Con tanto éxito que encontró accidentalmente un nuevo co-protagonista, otro hombre, por si ya lo confundí.
Han habido otras mujeres y otros miedos en mi vida. Pero ninguno tan pregnante como el del abandono. Siempre he creído que mi trabajo, mis amigos o mi mujer de turno me van a dejar en cualquier momento. Una paranoía con todas sus letras, Doctor.
Diana de algún modo bizarro me curó lo paranoico. Volvió reales mis miedos. Y lo que me mantenía despierto en las noches ya no era mi imaginación sino la realidad palpable, golpeable, exterminable.
Y siendo ese el caso, no sé que hago sentado en su diván. Sólo es cuestión de tiempo para que los delirios que tengo se vuelven las realidades que no soporto. Pero si usted quiere perder el tiempo podemos seguir Doctor.
Doctor, sufro de acedia. ¿Ud. sabe qué es eso? Soy el causante y la víctima del abandono. Podría hablarle de mi mujer, pero la verdad es que lo mío empieza mucho antes. De hecho sufro un tic nervioso que no me he podido quitar desde aquel primer gran abandono.
Le decíamos Angelita. Fue mi primera niñera y sólo recuerdo de ella lo que he visto en fotos y me ha contado mi abuela. Decía ella que siempre me dormía cogiendo un rizo de Angelita entre mis dedos mientra tomaba la teta. Todas las noches o todas las veces que me dormía. Lloraba cuando me faltaba. Y cuando me faltó definitivamente no dormí durante días. Doctor, este tic nervioso de tomar constantemente mi copete entre mis dedos viene de esa época. Podría decir que aunque mi mente no la recuerda, mi corazón no la olvida. Pero ella no fue ni la primera ni la única en abandonarme.
Mi madre estuvo y no estuvo en los primeros años de mi vida. Se quedó conmigo cuando no le quedó de otra. Me acompañó hasta donde le dió la paciencia. Luego mi abuela llenó sus abismos. ¿Sabía doctor que yo soy muy distinto a mis hermanos? Mis hermanos son igual de sociales, impacientes, y apurados. Yo soy solitario, reflexivo y resentido. ¿Por qué cree que es eso doctor?
No estoy culpando a mi abuela. De hecho la admiro y le agradezco por como me ha formado, Mi manera de ser me ha traído muchas satisfacciones pero también ha multiplicado los abandonos. A mi abuela la abandonó mi abuelo. Y con todo lo que me ha pasado con mi mujer sólo siento que estoy repitiendo su historia.
Todo empezó muy rápido y muy bien con mi mujer. La amistad, la confianza, el amor y el sexo. Luego el teatro se cayó. A mí primero, porque no pude seguirla amando con la misma fuerza al verla dormirse mientras le hablaba, abrazaba y amaba. Me alejé y me encerré en mi arte y mis juegos. Seguí con ella y no le retiré los apoyos más importantes, pero era claro que al amor se le estaba corriendo el maquillaje. Poco después ella también se alejó. Y disculpe Doctor que siga con la cursilería de la metáfora, pero mi mujer se vió obligada a pensar su vida como un escenario sin mí. Con tanto éxito que encontró accidentalmente un nuevo co-protagonista, otro hombre, por si ya lo confundí.
Han habido otras mujeres y otros miedos en mi vida. Pero ninguno tan pregnante como el del abandono. Siempre he creído que mi trabajo, mis amigos o mi mujer de turno me van a dejar en cualquier momento. Una paranoía con todas sus letras, Doctor.
Diana de algún modo bizarro me curó lo paranoico. Volvió reales mis miedos. Y lo que me mantenía despierto en las noches ya no era mi imaginación sino la realidad palpable, golpeable, exterminable.
Y siendo ese el caso, no sé que hago sentado en su diván. Sólo es cuestión de tiempo para que los delirios que tengo se vuelven las realidades que no soporto. Pero si usted quiere perder el tiempo podemos seguir Doctor.
Carta al Psicólogo 1
¿Doctor, usted sabe cómo siento el GRAN fracaso? Empieza como una cosquilla en el corazón, que luego me sube a la aorta. Cada latido es como un dedo que sabe y roza mis lugares más incómodos. Y sonrío cuando debería poner mi frente contra el piso. ¿Por qué? Debería putear, golpear la pared, llorar...pero sonrío.
Hay quién confundiría esto con optimismo. A mí me aterra. Podría recetarme algo para verme tan amargado como es lógico que esté. Sonreír en estos momentos me hace sentir más solo. Ayúdeme.
¿Doctor, usted sabe cómo siento el GRAN fracaso? Empieza como una cosquilla en el corazón, que luego me sube a la aorta. Cada latido es como un dedo que sabe y roza mis lugares más incómodos. Y sonrío cuando debería poner mi frente contra el piso. ¿Por qué? Debería putear, golpear la pared, llorar...pero sonrío.
Hay quién confundiría esto con optimismo. A mí me aterra. Podría recetarme algo para verme tan amargado como es lógico que esté. Sonreír en estos momentos me hace sentir más solo. Ayúdeme.
Ya no me ames
Mi amor es una prisión
de besos e insultos.
Acecho disfrazado de afecto.
Uso de escudo la culpa de otro.
Mi amor es mierda en mierda.
Sólo sirve de desecho.
Limpio el que de mí se libera.
Libre de amar con más fuerza.
Mi perdón transpira odio.
Le cansa el corazón roto.
Se rinde en el abandono.
No creas que te lo dará todo.
A ti que me amas te digo:
No te pierdes nada dejándome.
Mi amor es una prisión
de besos e insultos.
Acecho disfrazado de afecto.
Uso de escudo la culpa de otro.
Mi amor es mierda en mierda.
Sólo sirve de desecho.
Limpio el que de mí se libera.
Libre de amar con más fuerza.
Mi perdón transpira odio.
Le cansa el corazón roto.
Se rinde en el abandono.
No creas que te lo dará todo.
A ti que me amas te digo:
No te pierdes nada dejándome.
Nadie te escucha
Lágrimas en la almohada.
"¡Esto es más fuerte que yo!"
"¡No puedo más!"
Dos gritos más que me trago mientras duermes.
Sollozo con fuerza.
Tú sólo te das la vuelta.
Ya no temo despertarte.
Mientras me levanto y visto espero que abras los ojos.
Pero nada.
Regreso luego de horas de vagar por la calle.
Y tú sigues durmiendo.
Te vas cuando más te necesito.
Y vuelves de la manera más ausente.
Lágrimas en la almohada.
"¡Esto es más fuerte que yo!"
"¡No puedo más!"
Dos gritos más que me trago mientras duermes.
Sollozo con fuerza.
Tú sólo te das la vuelta.
Ya no temo despertarte.
Mientras me levanto y visto espero que abras los ojos.
Pero nada.
Regreso luego de horas de vagar por la calle.
Y tú sigues durmiendo.
Te vas cuando más te necesito.
Y vuelves de la manera más ausente.
Memoria Inútil
Recuerdo cuando dormías y te relajabas sobre mi pecho.
Y yo era tu hombre.
Escuchaba tu respiro en el silencio de la noche.
Relajaba y aceleraba mis latidos para coincidir con los tuyos.
Y yo era tuyo.
En ese momento te desvanecías en sueños.
Tus ojos cerrados.
Tus palabras al aire.
Podías ser mi esposa, mi hermana, mi amiga.
Podías ser lo que yo quería.
Y tal vez por eso nunca quise verte despierta.
Aclarando mis dudas. Matando mis ilusiones.
Hoy estoy tan lejos de ese momento.
Solo, en la cama y con el sopor del sexo.
No sé por qué escribo esto.
Recuerdo cuando dormías y te relajabas sobre mi pecho.
Y yo era tu hombre.
Escuchaba tu respiro en el silencio de la noche.
Relajaba y aceleraba mis latidos para coincidir con los tuyos.
Y yo era tuyo.
En ese momento te desvanecías en sueños.
Tus ojos cerrados.
Tus palabras al aire.
Podías ser mi esposa, mi hermana, mi amiga.
Podías ser lo que yo quería.
Y tal vez por eso nunca quise verte despierta.
Aclarando mis dudas. Matando mis ilusiones.
Hoy estoy tan lejos de ese momento.
Solo, en la cama y con el sopor del sexo.
No sé por qué escribo esto.
Thursday, November 04, 2010
Wednesday, November 03, 2010
Palabras de Campanas
Su voz como campana
No marcaba las horas
Separaba los momentos
Lo que fue de lo que será
Lo imaginado de lo cierto
Lo blanco de lo negro
Lo querido de lo olvidado
Su voz partía su voluntad
Desarmaba su memoria
Alejaba su convicción
Entre shawarma y shawarma
¿Qué era lo que amaba?
Entre lágrimas tragadas
¿Algo más buscaba?
Ella no lo amaba
Tal vez él tampoco
Mejor saberlo de boca de otro
que entre las piernas de otra
Friday, October 29, 2010
"No confío en nadie que no tenga sexo ni tome alcohol."
Con estas palabras sentenciaba su destino aquella persona que regía su vida de lunes a viernes, 8 horas al día. Pero a él no le gustaba el alcohol por lo hipócrita que lo hacía sentir. Le parecían que sus palabras las decía otro. Lo anulaba más de lo normal. Y el sexo. Prefería no pensar en el sexo. Sin embargo ahora abría una corona, fría y sin críticas, que se diluía necesaria en su garganta. Cada sorbo aguaba su existencia, como la trementina sobre el óleo. El aceite dejaba ver cuan blanco e inerte aún seguía su lienzo. Finalmente alcanzaba un estado elevado de sinceridad. Veía a su interior, a sus ideas, y no había absolutamente nada que lo moviese. Estaba tan en blanco como el documento de Word o las hojas a su alrededor. Y siendo esta su realidad, ¿cómo podría mover a alguien más?
Estaba en la sala de su casa con las luces apagadas. Lo que hacía no lo quería ver, pero lo podía saborear. Ahora el sabor de la cerveza se mezclaba con el del whisky. Era un baile en el que sudaba sin dar un solo paso. Un funeral en el que el único muerto al que lloraba era a sí mismo. El frío de las bebidas mantenía sus penas bien conservadas. Como recién plantadas, cosechadas y vomitadas. Todo se mezclaba con el alcohol. Lo hacía sentir tan lejano y ausente que todo le resultaba más manejable, menos urgente. Y otra vez manchaba el hielo con ese ámbar y líquido cielo. Otra vez lo bebía. Otra vez se evadía.
Amar las cosas que más odiaba era tomarse unas vacaciones de ella. Lo que hacía no traía de vuelta su fantasma. No la veía en el fondo de cada vaso porque nunca la tuvo frente a uno. No le hablaba con cada sorbo, porque nunca se emborrachó de sus labios. No le faltaba ni en la borrachera ni en la resaca, porque nunca espantó el mareo apoyándose en su cuerpo. Entraba en una prisión de nuevos recuerdos y le gustaba. Su cuerpo empezaba a depender del alcohol pero su mente finalmente era libre de ella.
Con estas palabras sentenciaba su destino aquella persona que regía su vida de lunes a viernes, 8 horas al día. Pero a él no le gustaba el alcohol por lo hipócrita que lo hacía sentir. Le parecían que sus palabras las decía otro. Lo anulaba más de lo normal. Y el sexo. Prefería no pensar en el sexo. Sin embargo ahora abría una corona, fría y sin críticas, que se diluía necesaria en su garganta. Cada sorbo aguaba su existencia, como la trementina sobre el óleo. El aceite dejaba ver cuan blanco e inerte aún seguía su lienzo. Finalmente alcanzaba un estado elevado de sinceridad. Veía a su interior, a sus ideas, y no había absolutamente nada que lo moviese. Estaba tan en blanco como el documento de Word o las hojas a su alrededor. Y siendo esta su realidad, ¿cómo podría mover a alguien más?
Estaba en la sala de su casa con las luces apagadas. Lo que hacía no lo quería ver, pero lo podía saborear. Ahora el sabor de la cerveza se mezclaba con el del whisky. Era un baile en el que sudaba sin dar un solo paso. Un funeral en el que el único muerto al que lloraba era a sí mismo. El frío de las bebidas mantenía sus penas bien conservadas. Como recién plantadas, cosechadas y vomitadas. Todo se mezclaba con el alcohol. Lo hacía sentir tan lejano y ausente que todo le resultaba más manejable, menos urgente. Y otra vez manchaba el hielo con ese ámbar y líquido cielo. Otra vez lo bebía. Otra vez se evadía.
Amar las cosas que más odiaba era tomarse unas vacaciones de ella. Lo que hacía no traía de vuelta su fantasma. No la veía en el fondo de cada vaso porque nunca la tuvo frente a uno. No le hablaba con cada sorbo, porque nunca se emborrachó de sus labios. No le faltaba ni en la borrachera ni en la resaca, porque nunca espantó el mareo apoyándose en su cuerpo. Entraba en una prisión de nuevos recuerdos y le gustaba. Su cuerpo empezaba a depender del alcohol pero su mente finalmente era libre de ella.
Thursday, October 28, 2010
Noches de Nadie
Se levantó a las 4 de la mañana. El sol aún dormía, pero a él se le habían acabado las ganas de seguir llamando a la muerte asumiendo la posición del rigor mortis sobre su cama. Esperaba el día en que el descanso no fuese una necesidad, sino una realidad inamovible. Pero por ahora se levantaba porque no le quedaba ya nada más que hacer en esa casa.
Encendía el carro. El motor se quejaba como un anciano despertando de un mal sueño. Tosía, se remecía y traqueteaba sus reuma metálicas y mal lubricadas. Presionaba el metal acelerando contra la voluntad del vehículo y del pavimento que parecía tragárselo a cada metro. No recordaba muy bien como había llegado al volante, ni tampoco tenía del todo claro a donde se dirigía. Sólo recordaba a un amor que hace tiempo había desechado en la calle, y que en esta noche de frío y soledad necesitaba hallar.
Ese amor que fue más necesidad de carnes encontradas, de sudor saciando la sed del otro, de temblores aplacándose con las palpitaciones de carnes ajenas. Ese amor que más bien fue sólo sexo, y por eso más puro y más sincero. Ese amor que ahora veía simulado en el sin fin de mujeres paradas en las esquinas, sentadas bajo los umbrales. Refugios momentáneos de ese autoengaño en masa que todos llaman amor. Pero él también buscaba un calor exacto mezclándose en su piel, una respiración precisa muriendo sobre su nuca, un gemido que sólo él podía escuchar. Le resultó difícil diferenciar los rostros entre aquellas mujeres de tiempo compartido. Pero sabía que no la había encontrado. Todas apretaban el hastío entre los dientes. Ella llevaba las huellas de la melancolía tatuadas en sus mejillas. Dió algunas vueltas esperanzado de que ésta saliese de su escondite. Pero nada. Los mismos rostros. Los mismos sexos.
El carro volvía a quejarse al unísono con su cuerpo. El estómago pudo más que su necesidad de ella. Y regresó al lugar donde le esperaba esa misma muerte horizontal. Se durmió ahogando entre lágrimas su sueños.
Se levantó a las 4 de la mañana. El sol aún dormía, pero a él se le habían acabado las ganas de seguir llamando a la muerte asumiendo la posición del rigor mortis sobre su cama. Esperaba el día en que el descanso no fuese una necesidad, sino una realidad inamovible. Pero por ahora se levantaba porque no le quedaba ya nada más que hacer en esa casa.
Encendía el carro. El motor se quejaba como un anciano despertando de un mal sueño. Tosía, se remecía y traqueteaba sus reuma metálicas y mal lubricadas. Presionaba el metal acelerando contra la voluntad del vehículo y del pavimento que parecía tragárselo a cada metro. No recordaba muy bien como había llegado al volante, ni tampoco tenía del todo claro a donde se dirigía. Sólo recordaba a un amor que hace tiempo había desechado en la calle, y que en esta noche de frío y soledad necesitaba hallar.
Ese amor que fue más necesidad de carnes encontradas, de sudor saciando la sed del otro, de temblores aplacándose con las palpitaciones de carnes ajenas. Ese amor que más bien fue sólo sexo, y por eso más puro y más sincero. Ese amor que ahora veía simulado en el sin fin de mujeres paradas en las esquinas, sentadas bajo los umbrales. Refugios momentáneos de ese autoengaño en masa que todos llaman amor. Pero él también buscaba un calor exacto mezclándose en su piel, una respiración precisa muriendo sobre su nuca, un gemido que sólo él podía escuchar. Le resultó difícil diferenciar los rostros entre aquellas mujeres de tiempo compartido. Pero sabía que no la había encontrado. Todas apretaban el hastío entre los dientes. Ella llevaba las huellas de la melancolía tatuadas en sus mejillas. Dió algunas vueltas esperanzado de que ésta saliese de su escondite. Pero nada. Los mismos rostros. Los mismos sexos.
El carro volvía a quejarse al unísono con su cuerpo. El estómago pudo más que su necesidad de ella. Y regresó al lugar donde le esperaba esa misma muerte horizontal. Se durmió ahogando entre lágrimas su sueños.
¿El feriado para descansar de qué?
Maldigo el consumismo y la comodidad en la que estamos sumidos. Después de milenios de cazar nuestro alimento, reconstruir nuestros hogares entre hogueras de guerras, dormir sobre la existencia de nuestras familias extintas por plagas, hemos diluido nuestra capacidad de superviviencia a 8 horas laborables en el día, aumentar la panza por las noches, y fines de semana de nada, nada, nada.
Vivir se ha vuelto un bodrio. Y es tanto así que cada generación se vuelve más apegada a la ficción. Más pesa en nuestra mente la vida de seres que ni siquiera existen. Dr. House es más que papá. Donald Draper importa más que cualquier hermano. Grey nos resulta más cercana que nuestra madre. (Para ustedes que sólo ven televisión nacional, además de la adicción adolecen de mal gusto. Cultívense o escóndanse.) Vivir se ha vuelto tan fácil, que a nuestra vida le urgen los dramas. La tecnología ha facilitado demasiado el trabajo, la alimetanción, la reproducción, el entretenimento. Nos ha vuelto lentos y perezosos. Cada vez necesitamos menos esfuerzo y personas para lograr lo que queremos.
¿No se entiende? Dejen que lo explique con un ejemplo. Antes de los ipads, ipods, celulares o radios de transitores, estábamos obligados a interactuar para entretenernos o al menos pasar el tiempo. Ahora que la tecnología nos abre tantas puertas, vivimos en el encierro perpetuo de estar conectados constantemente a lo que nos gustan. Si creen que ustedes me importan lo suficiente por el tiempo que le dedico a este texto que leen... entérense que mientras lo escribo escucho mis canciones favoritos, juego póker en línea con un perdedor empedernido mientras me masturbo mentalmente con la última basura de Hollywood.
Nuestra familia importa, pero cada vez menos. Los almuerzos y cenas en casa son más inconexos. Las crisis famiiares las vivimos en función de lo que sentimos, detrás de una niebla emocional que vuelve imposible entender por lo que pasa el otro. Sólo nos importa lo que nos importa. Los demás son una interrupción, un puto corte comercial entre el frenesí de estímulos que aspiramos volver nuestra vida.
Pero ayer fue distinto. Ayer pasó una pendejada tan fuerte que sinceramente me siento sin ganas de vivir más dramas: reales o ficticios. Los libros, el cine y todas sus historias en este momento me resultan un accesorio a la mierda que se ha ido sumando a mi vida. Un mes, un día, una hora, un minuto a la vez. O a veces todas al mismo tiempo. Ya dejé de llevar la cuenta. O tal vez sólo me dejó de importar.
Así que en este modo de vida aletargado e irrelevante de los tiempos que corren... se viene un feriado que es un repetir del estado perezoso en el que vivimos sumido. Con el agravante, en mi caso, que yo vuelvo a mi casa a frentear el problema.
¡A ver si en lugar de descansar me pongo a trabajar por fin!
Maldigo el consumismo y la comodidad en la que estamos sumidos. Después de milenios de cazar nuestro alimento, reconstruir nuestros hogares entre hogueras de guerras, dormir sobre la existencia de nuestras familias extintas por plagas, hemos diluido nuestra capacidad de superviviencia a 8 horas laborables en el día, aumentar la panza por las noches, y fines de semana de nada, nada, nada.
Vivir se ha vuelto un bodrio. Y es tanto así que cada generación se vuelve más apegada a la ficción. Más pesa en nuestra mente la vida de seres que ni siquiera existen. Dr. House es más que papá. Donald Draper importa más que cualquier hermano. Grey nos resulta más cercana que nuestra madre. (Para ustedes que sólo ven televisión nacional, además de la adicción adolecen de mal gusto. Cultívense o escóndanse.) Vivir se ha vuelto tan fácil, que a nuestra vida le urgen los dramas. La tecnología ha facilitado demasiado el trabajo, la alimetanción, la reproducción, el entretenimento. Nos ha vuelto lentos y perezosos. Cada vez necesitamos menos esfuerzo y personas para lograr lo que queremos.
¿No se entiende? Dejen que lo explique con un ejemplo. Antes de los ipads, ipods, celulares o radios de transitores, estábamos obligados a interactuar para entretenernos o al menos pasar el tiempo. Ahora que la tecnología nos abre tantas puertas, vivimos en el encierro perpetuo de estar conectados constantemente a lo que nos gustan. Si creen que ustedes me importan lo suficiente por el tiempo que le dedico a este texto que leen... entérense que mientras lo escribo escucho mis canciones favoritos, juego póker en línea con un perdedor empedernido mientras me masturbo mentalmente con la última basura de Hollywood.
Nuestra familia importa, pero cada vez menos. Los almuerzos y cenas en casa son más inconexos. Las crisis famiiares las vivimos en función de lo que sentimos, detrás de una niebla emocional que vuelve imposible entender por lo que pasa el otro. Sólo nos importa lo que nos importa. Los demás son una interrupción, un puto corte comercial entre el frenesí de estímulos que aspiramos volver nuestra vida.
Pero ayer fue distinto. Ayer pasó una pendejada tan fuerte que sinceramente me siento sin ganas de vivir más dramas: reales o ficticios. Los libros, el cine y todas sus historias en este momento me resultan un accesorio a la mierda que se ha ido sumando a mi vida. Un mes, un día, una hora, un minuto a la vez. O a veces todas al mismo tiempo. Ya dejé de llevar la cuenta. O tal vez sólo me dejó de importar.
Así que en este modo de vida aletargado e irrelevante de los tiempos que corren... se viene un feriado que es un repetir del estado perezoso en el que vivimos sumido. Con el agravante, en mi caso, que yo vuelvo a mi casa a frentear el problema.
¡A ver si en lugar de descansar me pongo a trabajar por fin!
Wednesday, October 27, 2010
Objetofilia
Un objeto no es una persona.
No tiene la capacidad de amar y cambiar.
Sin embargo puede cambiarte.
Un objeto es el punto climático y trascendental
de la historia creativa de la humanidad.
No necesita de su autor para ser entendido, utilizado o continuar.
No necesitas a la persona para entender sus ideas.
Hasta hace unos meses me interesaban más las ideas que sus autores.
Me era más útil escuchar la anécdota que perder el tiempo viviéndola.
Me atraín más los cuadros, los libros y los filmes
que las experiencias que los inspiraron.
En suma, me importaba más conocer que vivir.
Y conocí mucho dejando mi vida a tres puntos.
Lo triste, o lo cursi, del caso, es que nada es más memorable
que lo que haces con tus manos.
Pero aún más triste, ¿o más cursi?, es que ninguna de las cosas
que puedas conocer te va a mostrar del todo el camino que debes seguir.
Son sólo espasmos de realidades prestadas.
Mi método creativo central ha sido la obsesión.
Pero ninguna situación, trabajo, objeto o persona
ha sido lo suficientemente constante como para poder dedicarle mi vida.
Ninguna excepto los juegos.
Me tomé un descanso más o menos largo de ellos,
donde tuve que reenfocar mi obsesión.
Y ahora que ésta última me ha abandonado,
vuelvo más débil, más tonto y más vulnerable a ellos.
En ese espacio no aprendí a amar al mundo,
sólo a tolerarlo.
En ese momento no desarrollé la capacidad de necesitar a otros,
sólo a convivir en paz con ellos.
Y ahora que volví a los juegos,
ya no me siento solo, ya no me hallo triste,
ya no me veo fracasado o ya no sigo deprimido.
Y me preocupa.
No quiero volver a encerrame sólo en ideas.
No quiero limitarme a escuchar sólo los ecos de la existencia de otros.
Ya veremos...
Un objeto no es una persona.
No tiene la capacidad de amar y cambiar.
Sin embargo puede cambiarte.
Un objeto es el punto climático y trascendental
de la historia creativa de la humanidad.
No necesita de su autor para ser entendido, utilizado o continuar.
No necesitas a la persona para entender sus ideas.
Hasta hace unos meses me interesaban más las ideas que sus autores.
Me era más útil escuchar la anécdota que perder el tiempo viviéndola.
Me atraín más los cuadros, los libros y los filmes
que las experiencias que los inspiraron.
En suma, me importaba más conocer que vivir.
Y conocí mucho dejando mi vida a tres puntos.
Lo triste, o lo cursi, del caso, es que nada es más memorable
que lo que haces con tus manos.
Pero aún más triste, ¿o más cursi?, es que ninguna de las cosas
que puedas conocer te va a mostrar del todo el camino que debes seguir.
Son sólo espasmos de realidades prestadas.
Mi método creativo central ha sido la obsesión.
Pero ninguna situación, trabajo, objeto o persona
ha sido lo suficientemente constante como para poder dedicarle mi vida.
Ninguna excepto los juegos.
Me tomé un descanso más o menos largo de ellos,
donde tuve que reenfocar mi obsesión.
Y ahora que ésta última me ha abandonado,
vuelvo más débil, más tonto y más vulnerable a ellos.
En ese espacio no aprendí a amar al mundo,
sólo a tolerarlo.
En ese momento no desarrollé la capacidad de necesitar a otros,
sólo a convivir en paz con ellos.
Y ahora que volví a los juegos,
ya no me siento solo, ya no me hallo triste,
ya no me veo fracasado o ya no sigo deprimido.
Y me preocupa.
No quiero volver a encerrame sólo en ideas.
No quiero limitarme a escuchar sólo los ecos de la existencia de otros.
Ya veremos...
Monday, October 25, 2010
En la niebla de la caverna
Soy un cavernícola. No tuve la suerte de montar dinosaurios. Ni de cazar el alimento con mis manos. Pero soy un cavernícola porque el grueso de mi vida ha transcurrido dentro de una caverna.
No es de piedra ni de musgo el agujero que tengo en el mundo. Es de concreto, silicón, y electricidad. He vivido obseionado con los juegos y la tecnología. Y esta irrealidad palpable en el plástico y la pantalla me ha marcado con una neblina.
Ustedes ven y sienten a la gente. Yo sólo percibo sombras. Las voces apenas y son ecos. Me siento tan lejos incluso de los que quiero. Y en este frío distante en el que ni siquiera me calientan los abrazos, ¿qué amor puedo sentir?
Y sin embargo lo siento. La niebla no desaparece del todo, pero ahora noto su borde plateado y unos destellos que le faltan el respeto atravesándola. Y a veces te veo, y a veces te huelo. Y no sé que hacer. Todo esto me parece nuevo. Aunque ya me lo diste y la niebla no me dejó verlo.
Diana. Mi amor. Mi mujer. Mi amiga. Mi compañera. Mi fiel y necesario apoyo. Mi todo. Rompiste la oscuridad en mí, y a ratos me enloquece la cascada luminosa de todo lo que vuelvo a sentir por ti. Me embarga, me obsesiona, me alegra... pero también te asfixia. Te entiendo porque yo sentí lo mismo.
Al principio tu amor fue tan fuerte, que temí que te perdieses en él. Luego llegó tu ausencia y ahora fui yo quién se perdió al no tenerte. Fue muy duro verte dormir a media conversación, a medio beso, a medio chiste, a medio cuento. Y fue más duro lo que tuve que hacer para suplir la falta que me hacías. Luego volvió la niebla que ahora supiste desaparecer.
Diana, no estoy bien. Me siento muy frágil. A cada hora creo que el llanto me va a romper los dientes, y que no voy a alcanzar a esconderme en el baño. Estos dos años de maestros brasileños caídos, de profesiones con aspiraciones subteráneas, de colaboraciones que nunca despegan, de robos, de grandes amores de los que no soy parte, de familiares idos, de amigos que no responden... por mencionarte algo de lo mucho que me y nos pasó. Estos últimos dos años me mataron el odio, el rencor, el coraje, el resentimiento. Tal vez incluso la felicidad. Y ahora sólo quedan las lágrimas con las que ahogo tu tranquilidad cada noche.
Amiga, no estoy bien. Y la depresión que acompaña mi cumpleaños, junto con todo lo demás que ha pasado me está destrozando. Mi cumpleaños pasado fue una mierda. Principalmente por como te traté a ti y a a tus amigos. Sobre todo a Antonieta.
Si me entiendes... si después de recordar esto aún me tienes algo de cariño... te ruego que trates mi cumpleaños como un día más. Ni regalos, ni cantos, ni tortas... que sea sólo un día más. Pero no te olvides de abrazarme todo lo que puedas.
Ahora discúlpame... que el llanto me volvió a partir los dientes.
Te amo, Gracias por leerme y entenderme.
Soy un cavernícola. No tuve la suerte de montar dinosaurios. Ni de cazar el alimento con mis manos. Pero soy un cavernícola porque el grueso de mi vida ha transcurrido dentro de una caverna.
No es de piedra ni de musgo el agujero que tengo en el mundo. Es de concreto, silicón, y electricidad. He vivido obseionado con los juegos y la tecnología. Y esta irrealidad palpable en el plástico y la pantalla me ha marcado con una neblina.
Ustedes ven y sienten a la gente. Yo sólo percibo sombras. Las voces apenas y son ecos. Me siento tan lejos incluso de los que quiero. Y en este frío distante en el que ni siquiera me calientan los abrazos, ¿qué amor puedo sentir?
Y sin embargo lo siento. La niebla no desaparece del todo, pero ahora noto su borde plateado y unos destellos que le faltan el respeto atravesándola. Y a veces te veo, y a veces te huelo. Y no sé que hacer. Todo esto me parece nuevo. Aunque ya me lo diste y la niebla no me dejó verlo.
Diana. Mi amor. Mi mujer. Mi amiga. Mi compañera. Mi fiel y necesario apoyo. Mi todo. Rompiste la oscuridad en mí, y a ratos me enloquece la cascada luminosa de todo lo que vuelvo a sentir por ti. Me embarga, me obsesiona, me alegra... pero también te asfixia. Te entiendo porque yo sentí lo mismo.
Al principio tu amor fue tan fuerte, que temí que te perdieses en él. Luego llegó tu ausencia y ahora fui yo quién se perdió al no tenerte. Fue muy duro verte dormir a media conversación, a medio beso, a medio chiste, a medio cuento. Y fue más duro lo que tuve que hacer para suplir la falta que me hacías. Luego volvió la niebla que ahora supiste desaparecer.
Diana, no estoy bien. Me siento muy frágil. A cada hora creo que el llanto me va a romper los dientes, y que no voy a alcanzar a esconderme en el baño. Estos dos años de maestros brasileños caídos, de profesiones con aspiraciones subteráneas, de colaboraciones que nunca despegan, de robos, de grandes amores de los que no soy parte, de familiares idos, de amigos que no responden... por mencionarte algo de lo mucho que me y nos pasó. Estos últimos dos años me mataron el odio, el rencor, el coraje, el resentimiento. Tal vez incluso la felicidad. Y ahora sólo quedan las lágrimas con las que ahogo tu tranquilidad cada noche.
Amiga, no estoy bien. Y la depresión que acompaña mi cumpleaños, junto con todo lo demás que ha pasado me está destrozando. Mi cumpleaños pasado fue una mierda. Principalmente por como te traté a ti y a a tus amigos. Sobre todo a Antonieta.
Si me entiendes... si después de recordar esto aún me tienes algo de cariño... te ruego que trates mi cumpleaños como un día más. Ni regalos, ni cantos, ni tortas... que sea sólo un día más. Pero no te olvides de abrazarme todo lo que puedas.
Ahora discúlpame... que el llanto me volvió a partir los dientes.
Te amo, Gracias por leerme y entenderme.
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